Henry Portela Guarín. Ph.D
Universidad de Caldas
Un mapa nos dice: “Léeme con cuidado, sígueme de cerca y no dudes de mí”. Y continúa: “Soy la tierra en la palma de tu mano. Sin mí, estás solo y perdido”. En realidad lo estamos. Si todos los mapas del mundo fueran destruidos y desaparecidos por órdenes de alguna mente malévola, todos los hombres volverían a estar ciegos, todas las ciudades serían extrañas entre sí, todas las marcas de la tierra se convertirían en señales sin significado apuntando hacia la nada. No obstante, al verlo, sentirlo, pasar un dedo sobre sus líneas, un mapa es una cosa fría, no tiene ninguna gracia y es aburrido, es producto de los instrumentos de medición y la hoja del dibujante. Aquella costa, ese garabato irregular con tinta escarlata no muestra arena ni mar ni rocas; no habla de ningún marinero moviéndose a todo vela en mares profundos para legar a la posteridad, en un pergamino o en una tabla de madera, un manuscrito invaluable. Esta mancha café que marca una montaña no tiene, para el ojo común, ningún significado, aunque 20 hombres, o 10 o uno solo hayan arriesgado la vida para escalarla. Aquí está un valle, allá una ciénaga y más allá un desierto; y aquí está un río que algún alma curiosa y valiente, como un lápiz en las manos de Dios, trazó por primera vez con los pies sangrantes. Hacia una deconstrucción del Mapa. J. Brian Harley (2005).La nueva naturaleza de los mapas. México: Fondo de Cultura Económica, pp. 185-207.
Asumo la deconstrucción como otra cartografía posible en el PEI, como esa emergencia de darle nuevos sentidos a las palabras que se constituyen en nuevos conceptos, en significados que son mudables, en cúmulos de verdades que hay que escribir con minúscula, en juicios que invitan a la indagación y la conjetura, en conceptos sujetados a nuevas racionalidades y nuevos discursos de las ciencia y la tecnología, en in-posibilidades siempre posibles, en desentrañar los juicios, las afirmaciones desde la nueva mirada y la pronta interpelación. No hay un solo sentido en las acciones, las palabras y las cosas, hay muchas interpretaciones y nuevas andaduras en el pensamiento humano.
Se trata de una grata trama teórica, inicialmente pensada desde lo literario y lo filosófico (Derrida, Heidegger), que se ha ido tejiendo con hilos de lo político, lo cultural, lo social, lo educativo, y en donde la impronta reinante son los poderes institucionalizados. Porque deconstruir es la posibilidad de rastrear nuevos conceptos, de generar nuevas miradas, de reconocer lo importante y replantear lo intrascendente, de soñarnos como maestros, es elevarnos en el status de lo posible, y no sumirnos en la perversidad de navegar en las certezas y conformismos, en una evidente condición de académicos abatidos, deprimidos y sin intención de abrir nuestro pensamiento a los nuevos retos y a los cercanos emprendimientos.
Lo anterior nos invita como maestros a desarrollar procesos educativos en y para lo educativo, no es preservar imágenes y semejanzas, no es petrificarse en el tiempo, es la posibilidad de la intención y la ruptura, no es el conformismo a ultranza, es la inquietud por el devenir de nuevos constructos. Cuando se piensa en deconstrucción, lo que se quiere es un maestro que reflexione sobre sus acciones, sus discursos, su condición humana, que no se reafirme en lineamientos teóricos que perseveran en el tiempo y se campean por el aula, sin la interpelación y el juicio crítico.
Así, nuestras prácticas educativas ameritan nuevos significados y sentidos como la apertura al cambio de las lógicas impuestas, a aprender-desaprender y reconstruir. Caminar desde la intersubjetividad que abre la compuerta a la auto-crítica de manera propositiva. Avizorar el amplio espectro de lo relativo en contraposición a los absolutismos. Recomponer el adormecer cartesiano… “despiertos ellos duermen” decía Heráclito.
No debe angustiarnos la pérdida del centro, la periferia también orienta, facilita, posibilita, porque en los márgenes también se siente y se escucha la institución educativa, allí donde las grietas, y las fisuras, parecen no ser vistas… es el descentramiento una nueva ruta una nueva idea, es el atrevimiento a prueba de blindajes.
Recuérdese que la deconstrucción no es una simple negación de algo para ser reemplazado por otro algo. El deshacer, descomponer, desedimentar estructuras (...) Más que destruir se hace necesario comprender cómo un "conjunto" está constituido y reconstruirlo para este fin. Sin embargo la apariencia negativa sigue siendo más difícil de evitar de lo que sugiere la gramática de la palabra (de-), a pesar de que ella puede designar más una restauración genealógica que una demolición. De ahí la necesidad de ser muy cauteloso en el trabajo de deconstrucción, en especial al apartar los conceptos filosóficos tradicionales ya que al hacerlo no se puede olvidar la necesidad de retornar a ellos, al menos en cuanto apartados. Hay que evitar a toda costa el caer en lo que el propio Derrida llama una "teología" (o metafísica) "negativa" (cfr. Derrida, 1985).
Desde la deconstrucción:
Cuando apropio mi PEI y me atrevo a entenderlo, comprenderlo, familiarizarlo y matizarlo con nuevos lenguajes y acciones, estoy enriqueciendo mis experiencias, mis contextos y mis congéneres.
Cuando apropio mi PEI, hago deconstrucción a la manera de los giros del lenguaje, porque asumo nuevas improntas que me seducen a leer distinto y a escribir desde mis propios aconteceres.
Cuando apropio mi PEI, lo invado de preguntas, ¿qué no entiendo?, ¿que no hago?, ¿qué no aplica?, ¿Dónde están las palabras ahuecadas y sin sentido?
Cuando apropio mi PEI, conjugamos el verbo desestructurar: Yo desestructuro, tu desestructuras... él, nosotros, vosotros y ellos.
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Cuando apropio mi PEI, me doy cuenta que es necesario desmontar algo, hay que hacerlo cálido, sensible, no es un mapa como calco y mimetismo.
Cuando apropio mi PEI, lo asumo como una mediación pedagógica, en tanto moviliza, mueve, desestabiliza y conmueve.
Cuando apropio mi PEI, acepto el riesgo, la nueva estrategia, los otros métodos.
Cuando apropio mi PEI, atiendo la pluralidad de acciones y posibilidades para romper con lo inalterable.
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